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EL LUGAR DE LA FAMILIA EN LA EDUCACIÓN: UN LLAMADO A LA RESPONSABILIDAD COMPARTIDA

La familia educa, la escuela acompaña y la sociedad refuerza. Cuando esas tres fuerzas caminan juntas, un país cambia.

POR WADY RAMÍREZ, PH.D.
PUBLICADO EL 29 DE Jan DE 2026 09:27 PM
LECTURAS 5

En medio de los debates sobre reformas y modernización del sistema educativo, hay una verdad esencial que no podemos ignorar: la educación comienza en la familia. Antes que cualquier institución pública o privada, son los padres quienes imprimen en los hijos las primeras palabras, los primeros valores y las primeras costumbres. Esa tarea no es delegable ni sustituible.

La sociedad dominicana reconoce desde siempre que la familia es la base de la educación moral. Y cuando el tejido familiar se debilita, inevitablemente se reflejan grietas en la escuela y en la convivencia social. Los casos lamentables que han ocurrido en centros educativos en los últimos años (violencia, irrespeto, falta de límites, deterioro del lenguaje) son señales de un problema más profundo: hemos descuidado la formación moral y afectiva de las nuevas generaciones.

Por eso es tan valioso que iniciativas nacionales como la promoción de “las buenas palabras y las buenas costumbres” —impulsada desde el Ministerio de Cultura— nos recuerden algo fundamental: el lenguaje moldea el carácter, la cortesía fortalece el civismo y el respeto es una siembra que comienza en el hogar. Una sociedad que habla bien, piensa mejor. Y una sociedad que piensa mejor, actúa mejor.

Sin embargo, aunque la familia es el primer entorno de formación, no podemos dejar toda la responsabilidad sobre los padres. La sociedad también tiene un rol: medios de comunicación, iglesias, escuelas, líderes comunitarios, sector privado. Todos influimos, queramos o no, en la mentalidad de niños y jóvenes. Y cuando los modelos que reciben son contradictorios o caóticos, los resultados se ven.

Ahora bien, es igualmente cierto que muchas veces los padres sí tienen oportunidades de involucrarse en la escuela… pero no lo hacen. Por falta de tiempo, por cansancio, por desconocimiento o porque creen que “eso le toca a los maestros”. En ocasiones, esperan que la escuela resuelva sola problemas que ninguna institución puede enfrentar sin el acompañamiento del hogar.

La realidad es simple y directa:
una escuela sin padres involucrados está incompleta,
y unos padres ausentes dejan a la escuela sin su aliado principal.

La invitación, entonces, es doble:

A las familias: asumir un papel activo y consciente

  • Conocer qué aprenden los hijos, cómo se comportan y con quién se relacionan.
  • Asistir a las reuniones y mantenerse informados.
  • Supervisar el uso del lenguaje, la tecnología y las amistades.
  • Enseñar con el ejemplo: respeto, responsabilidad, verdad, trabajo y disciplina.

No se trata de fiscalizar a la escuela, sino de acompañarla. La formación moral no ocurre con discursos, sino con presencia, afecto y constancia.

A las autoridades: apoyar y no remplazar a la familia

El Estado tiene la responsabilidad de garantizar acceso, calidad y protección, pero no debe asumir el rol que le corresponde al hogar. Su obligación es:

  • Fomentar la participación de los padres.
  • Mantener canales de comunicación claros y permanentes.
  • Promover campañas públicas que fortalezcan el civismo, el lenguaje adecuado y la convivencia social.
  • Reconocer que la educación moral no se impone desde arriba: se construye desde adentro.

En un momento donde la sociedad muestra signos evidentes de descomposición (violencia, irrespeto, deterioro del lenguaje, indiferencia al bien común) necesitamos volver a lo esencial: educar personas íntegras, respetuosas y conscientes de su responsabilidad cívica. Y esa misión comienza donde siempre ha comenzado: en la casa.

La familia educa, la escuela acompaña y la sociedad refuerza.
Cuando esas tres fuerzas caminan juntas, un país cambia.

Esta es una invitación serena, respetuosa y urgente para que los padres vuelvan a ocupar el lugar que les corresponde: ser los primeros formadores de la próxima generación.


Por: Wady Ramírez, Ph.D. El autor es Doctor en Liderazgo de Educación Superior, Rector de la Universidad Eugenio María de Hostos (UNIREMHOS) y presidente de la Asociación Dominicana de Universidades (ADOU). 


Fuente: Editorial Vota Bien

 

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