El desafío será preservar la claridad biológica, sin perder la sensibilidad hacia nuestros pacientes. Si fallamos en ese equilibrio, podríamos entrar en una etapa confusa del discurso sanitario: una etapa en la que decir una verdad biológica comience a percibirse como incorrecto.
POR DR. PEDRO GONZÁLEZ
PUBLICADO EL 26 DE Mar DE 2026 10:33 PM
LECTURAS 12
En los últimos años, el lenguaje relacionado con el embarazo, la maternidad y la reproducción humana ha experimentado cambios visibles en ámbitos académicos, institucionales y mediáticos. Como ginecólogo-oncólogo en ejercicio, he observado este fenómeno tanto en la literatura científica como en la interacción cotidiana con pacientes. Lo que durante décadas fue un vocabulario clínico estable, hoy se encuentra en revisión constante, muchas veces impulsada por corrientes que buscan redefinir la forma en que nombramos realidades biológicas.
El ejemplo más evidente —y el que personalmente me llevó a
reflexionar con mayor detenimiento— es la creciente crítica al uso del término
“bebé” durante la gestación. En una publicación anterior utilicé esta palabra
en un contexto clínico habitual y recibí cuestionamientos de quienes consideran
que debe evitarse por su carga emocional. En su lugar, proponen expresiones
como “feto”, “producto de la concepción” o incluso “conjunto de células”.
Desde el punto de vista estrictamente científico, es correcto
afirmar que la medicina define con precisión las etapas del desarrollo
prenatal. Sabemos cuándo hablamos de embrión y cuándo de feto, y esa precisión
es indispensable en la investigación, en la documentación clínica y en la
comunicación técnica entre profesionales. No obstante, la práctica médica
real no ocurre en un entorno aislado de la experiencia humana. Ocurre en la
consulta, frente a personas que viven el embarazo como un proceso profundamente
personal, emocional y familiar.
En la consulta diaria, la mayoría de los padres no se refiere a su
hijo por nacer como “producto de la concepción”. Hablan de su bebé. Y muchos
médicos, con criterio clínico y sensibilidad humana, utilizamos el mismo
término al comunicarnos con ellos. No se trata de ignorar la biología, sino de
reconocer que el lenguaje médico cumple también una función terapéutica. La
humanización de la medicina no es un elemento decorativo: es parte integral de
la buena práctica clínica.
Más allá del término “bebé”, han surgido otros cambios
lingüísticos que merecen un análisis sereno. En diversos documentos de salud
pública y guías institucionales se promueve sustituir la palabra “madre”
por expresiones como “progenitora”. De igual modo, se propone reemplazar
“mujer embarazada” por “persona embarazada” y, más importante
aún, el término “mujer” es reemplazado en algunos contextos por la
expresión “persona menstruante”.
Quienes impulsan estas modificaciones suelen argumentar que buscan
un lenguaje más inclusivo, particularmente hacia personas que no se identifican
con el sexo femenino pero que biológicamente pueden cursar un embarazo. Es un
planteamiento que merece ser escuchado con respeto. La medicina contemporánea
debe atender con dignidad a todos los pacientes.
Sin embargo, también es legítimo exponer las inquietudes que
muchos profesionales de la salud estamos observando. Cuando el lenguaje
comienza a distanciarse de la realidad biológica con el objetivo de
neutralizarla, entramos en un terreno delicado. La medicina se construye
sobre hechos observables, medibles y reproducibles. La mujer existe como
realidad biológica; la maternidad existe; la gestación humana ocurre en
cuerpos femeninos. Diluir estas verdades en el discurso científico puede
generar confusión conceptual, especialmente en la formación de estudiantes y en
la comunicación con la población general.
Otro aspecto que merece atención es el posible efecto
deshumanizante de un lenguaje excesivamente impersonal. Paradójicamente, en
el intento de evitar determinadas cargas emocionales, se corre el riesgo de
empobrecer la relación médico-paciente. La confianza clínica se construye, en
gran parte, mediante una comunicación clara, cercana y comprensible. Cuando el
lenguaje se vuelve artificialmente técnico o burocrático en contextos
donde no es necesario, puede percibirse como distante.
En mi práctica como ginecólogo-oncólogo —donde con frecuencia
acompañamos a mujeres en momentos de gran vulnerabilidad— he comprobado que las
palabras importan profundamente. Una paciente con cáncer ginecológico no solo
necesita precisión diagnóstica; necesita sentirse vista, comprendida y
acompañada. El lenguaje excesivamente neutral, cuando se aplica sin criterio
clínico, puede debilitar esa conexión terapéutica que tanto valor tiene en
medicina.
Debemos reconocer, además, que en algunos países e instituciones
estos nuevos términos ya se utilizan de manera oficial en documentos de salud
pública, protocolos hospitalarios y publicaciones académicas. Este hecho no
puede ignorarse. La evolución del lenguaje médico es real y probablemente
continuará. Precisamente por ello, el debate debe darse con serenidad,
evidencia y responsabilidad profesional, no desde la imposición ideológica ni
desde la reacción emocional.
En la consulta individual, el médico debe conservar la libertad
clínica de usar un lenguaje que sea a la vez correcto y humano, adaptado a la
realidad y a la sensibilidad de cada paciente.
La inclusión auténtica no debería exigir la negación de hechos
biológicos básicos.
Es posible —y necesario— tratar con respeto a todas las personas sin desdibujar
la realidad sobre la que se construye la ciencia médica. Cuando el lenguaje se
aleja demasiado de la biología, no solo se genera debate cultural; también se
introduce ruido en el medio científico.
Mirando hacia el futuro, muchos profesionales observamos con
cautela la dirección que podría tomar esta tendencia, si no se maneja con
prudencia. Podríamos acercarnos a un escenario en el que expresar una verdad
biológica sea interpretado como insensibilidad. Un escenario en el que la
claridad científica se vea presionada por consideraciones ajenas al método
médico.
La tendencia a sustituir términos claros y humanizados por
formulaciones cada vez más neutras ya muestra efectos culturales visibles. Si esta lógica continúa avanzando sin un análisis crítico, no
sería extraño que algún día tengamos que replantearnos incluso expresiones tan
arraigadas como el “baby shower”. La observación puede parecer irónica,
pero la preocupación es real: cuando el lenguaje médico se aleja de la
biología y de la experiencia humana, la comunicación clínica y social comienza
a perder claridad.
Porque si las palabras dejan de describir con fidelidad la
realidad que observamos, el lenguaje médico pierde su función fundamental.
De cara a los próximos años, el desafío será preservar la
claridad biológica, sin perder la sensibilidad hacia nuestros pacientes. Si
fallamos en ese equilibrio, podríamos entrar en una etapa confusa del discurso
sanitario: una etapa en la que decir una verdad biológica comience a
percibirse como incorrecto; donde la madre deje de ser madre y el bebé deje de
ser bebé.
Por el bien de la ciencia, de la práctica clínica y, sobre todo,
de quienes confían en nosotros en los momentos más vulnerables de sus vidas,
conviene actuar con prudencia. Las palabras importan. Y en medicina, más
que en casi cualquier otra disciplina, deben seguir estando al servicio de la
verdad y del cuidado humano.
Dr. Pedro González. Médico ginecólogo-oncólogo-obstetra.
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